miércoles, 17 de febrero de 2010

El once de agosto


Hace seis meses y nueve días, fue mi santo. No creo en Dios, y menos en los santos, pero hoy me he fijado que ese día fue mi santo. Y justo ese día es cuando escribí esto:

Si te paras a pensar, el hecho de ver sólo un color sería demasiado triste. Pero hay que reconocerlo, si has visto bien y de repente ves sólo el naranja, te empezaría a gustar más las cosas que nos rodean, como las cosas naranjas (u otro color), y seríamos más felices. Luego sentiríamos tristeza por no poder ver el verde, por eso, lo que hay que tener presente siempre es que hay que mirar (y no digo ver) los colores de la vida. Nuestro alrededor son todo colores y por eso tenemos que fijarnos, dejar a un lado los malditos problemas grises y sonreir cuando alguien nos sonria, o simplemente demostrar al mundo entero que estamos aquí, que no nos vamos a mover, y que hemos venido para hacer algo grande, algo para que pase a la historia, al menos a la historia de nuestra vida. Pequeña y feliz vida multicolor.

Esto me da mucho de qué pensar. Hace justo seis meses y nueve días yo era feliz. Yo tenía ganas de comerme el mundo. Yo creé planes para un futuro glorioso. Yo confiaba en las personas. Yo creía que estaba en este preciso lugar por algo. Yo soñé que era alguien. Y esa yo ha muerto.
No sé cuando volverá.
Creo que nunca más volveré a sentirme así.

Quizá sea mejor. Vivir de cara a los problemas te hace fuerte. Pero, ¿para qué vas a ser fuerte y "entrenarte" si luego no tendrás que enfrentarte a nada, porque seguirás cara a cara frente a ellos? Eso es una vida transparente.

No hay comentarios: