lunes, 10 de noviembre de 2008

El último sollozo


Encotró la vieja casa, ya casi derruida, después de buscarla mucho tiempo. Su memoria ya no era lo mismo que antes. Entró. Todo era igual que en sus recuerdos. El vestíbulo era gigantesco, con un techo altísimo y una gran escalera que subía y luego que dividía hacia los lados. Con pasos lentos y temerosos empezó a recorrer cada una de las estancias donde había vivido. El bajo de su elegante vestido iba dejando una marca en el polvoriento suelo de parquet.
Con cada paso recordaba algo nuevo, y con cada recuerdo unas lágrimas intentaban salir de sus ojos.
Casi por último, entró en su antigua habitación. Había cuadros por las paredes recubiertas de suave tela. Un gran ventanal se abria al fondo, dejando ver la noche cerrada y la única luz en el cielo, una luna llena tan blanca y pura como la nieve. En el centro de la habitación se encontraba la cama con dosel, una delicada tela caía como una fina cascada por los laterales. Y dentro, tumbado sobre los cubres, se hayaba algo inerte. Ella no se quiso acercar por el impacto que hubiese sido para su mente en esos momentos.
Pasados unos minutos largos en ese cuanto, decidió ir a la sala de música. Cuando vivía en esa tétrica mansión, siempre iba allí para evadirse del mundo, tocando un majestuoso piano de cola que descansaba en el centro. Cuando acababa de tocarlo, cogía una rosa y olía su delicioso olor dulce. Una rosa roja, grande, con un largo tallo con espinas. Volviendo a la realidad, se acercó hacia el piano, y posó su dedo índice en el borde. Siguiendo el camino que dejaba su dedo sobre el polvo, llegó hasta la ventana; por la cual unos tímidos rayos de luz del amanecer se colaban entre las viejas cortinas, bañando la estancia de un color cálido.
Se giró lentamente, cerrando los ojos y rocordando el tacto del sol sobre su piel. Recordando, ya que no podía sentir nada. Cuando abrió de nuevo los ojos su mirada se posó en la rosa. Estaba marchita y descolorida, nada parecido a lo que recordaba; tan roja, fresca y viva. No se atrevía a intentar cogerla, por la respuesta que pudiera encontrar a su pregunta. Armándose de valor, se acercó lentamente y estiró el brazo. Rozó los pétalos de la flor, y finalmente cogió la rosa que yacía sobre el piano, bajo una fina capa de polvo. No puedo reprimir un sollozo cuando comprendió que nunca más volvería a oler una rosa.
Nunca.