lunes, 11 de enero de 2010

El deseo de cambiar es tan grande en ciertos momentos de mi vida que ya no sé ni quien soy, ni lo que quiero. Odio el hecho de no poder. Pero una persona sí puede si se lo propone, todo el mundo lo dice, incluso yo misma. Pero ese deseo, que a veces viene, de renovarlo todo, deshacerme de lo viejo, de lo malo, de mis recuerdos, mis pesadillas, y mi pasado; ese deseo que cuanto más fuerte lo noto peor me salen las cosas. Porque he querido tirar todo, he empezado, pensé que iba bien, pnsé que esta vez -de verdad- lo iba a conseguir. De veras que lo pensé. Y llegó el nuevo año; repleto de esperanza y felicidad, nuevos deseos, nuevas ilusiones, nuevas ideas para todo. Una mente despierta y ágil la que sentí en aquel momento. Todo lleno de liberaciones; sin tabúes, sin ataduras, que no hacen más que hacerme heridas que no dejan de sangrar. Y tan grande fue mi deseo de que cicatrizaran que no vi por donde iba, por donde me metia, no vi nada y sola me quedé. En una habitación oscura, llena de sufrimiento y malos recuerdos, todo mi pasado convertido en sangre esparcida de la que no soy capaz de huir, la que siempre me perseguirá, la que tan odioso sentimiento despierta en mi. Y lo peor, en el principio de mi nueva era. Un nuevo año desperdiciado, todo sale mal, todo se desmorona, y no sé cómo construirlo de nuevo. Porque tan bajo he caido que ya no soy capaz ni de mirar hacia arriba, la luz me deslumbraría y quedaría cegada por siempre, pienso.

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