Miro por mi ventana y el panorama siempre es el mismo. Y me encanta. Todo el mundo cambia, las personas, los gobiernos... Y yo también he cambiado, pero a pesar de todo, durante estos últimos cinco años, esta visión ha permanecido intacta. Los árboles siempre están verdes, el sol siempre reluce, los pájaros cantan y las nubes ¿se levantan? no. Y las nubes se mueven lentamente. Nunca son blancas del todo, y menos grises. Llevan manchas y crean figuras que me gusta buscar y descubrir.
Cuando me quedo un minuto enfrascada en este mundo que parece alejado del real siempre me pregunto cuándo será el día que llegue, me asome y vea que todo esto que ahora dislumbro haya cambiado o desaparecido. Siempre me imagido a mí con diez años más, asomandome por la ventana de mi antigua habitación, sintiéndome desolada y triste por no poder volver a ver esta bonita postal. Pero si se mantiene ¿será porque el destino me guarda una mala experiencia relacionada con esto? Porque así nunca la olvidaría al volver a mirar a través del cristal.
Hay veces que me pierdo en las hojas de los árboles lejanos, tan pequeños y definidos, miro fijamente sus copas e imagio estar ahí sentada (oliendo, sintiéndo). Posiblemente si quisiera podría acercarme, no está tan lejos. Pero seguro que cuando me acerque al tronco me llevaré una gran desilusión. Todo lo hermoso imaginado volaría junto a sus hojas y quedaría un ente abanonado, rozando ligeramente con sus yemas la tosca madera del tronco del árbol. -Suspiros. Vuelvo a subir la vista hacia mi postal personal- Me siento liberada cuando miro más allá; me imagino flotando entre el aire de poniente, con la cálida expresión bañada en la luz de las últimas horas del día banal que tanto odio y tanto rechazo crea en mí. Paz en mi burbuja personal.
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