Me dirigí a mi cama, con los auriculares puestos dispuesta a evadirme de todo en la total oscuridad, donde estaría muy bien acompañada. Me dispuse a apagar la única lucecilla amarilla que me alumbraba, esperando con los ojos abiertos a que me quedara perdida en la oscuridad hasta acostumbrarme. Pero no fue así. Cuando la bombilla dejó de alumbrar una ola de confianza, esperanza y amor llegó a mí: la amarilla luz dejó paso a la blanca e inocente luz de la luna que, desde mi ventana, lucía llena y esplendorosa en el cielo nocturno. Aquella felicidad me hizo sonreír, no las trompetas de la canción que había elegido expresamente.
Me quedé ahí. Mirando la luna. Escuchando vientos reivindicativos que nada pegaban con la melodía de aquella canción... y una lágrima cayó muy lentamente de mi ojo izquierdo recorriendo toda la cara para dejarme una extraña sensación húmeda. Me sentí triste por nada y al mismo tiempo capaz de todo. Fue una sensación extraña; un cariño de nadie que me permitía afrontar todo con valentía y sin miedo, sintiéndome más fuerte que nunca. Cuando después de un rato pasé el dedo por el borde del ojo para quitar restos húmedos noté como parte del recorrido hecho me irritaba, físicamente. Escozor, como una herida abierta, que se extendía desde el lado contrario del lagrimal creando una minúscula raya.
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