martes, 13 de diciembre de 2011

Algún día de diciembre

Él sale de la casa, de su fortaleza de cemento, al exterior. Necesita respirar; el aire de la montaña le rodea hasta que el frío llega a sus huesos y se queda parado. En una tarde de diciembre, a las 5 el sol empieza a ponerse. Sale esperando casi oscuridad. Pero es como si le quitaran el aire, está en una postal: las nubes descansan en bandas horizontales, cortando el paso a los rayos rosas y naranjas del sol, que chocan contra ellas para crear una puesta de sol esplendorosa. En su cabeza suenan acordes que hacen que se sienta en otro lugar.
Se asoma a la terraza de madera, con una imponente balaustrada. Está unos minutos y decide bajar al lago. Éste se encuentra lleno de las hojas que el otoño ha desechado; nadan bajo los rayos rosas del sol, tranquilas. Saca su pitillera y decide fumarse un cigarro de liar. Pasa el tiempo y ya ni se acuerda de lo que le preocupaba antes de salir de aquella cárcel que él mismo creó años atrás.
Oye un coche a lo lejos y de pronto toda su burbuja estalla dejando al hombre y al cigarro en las orillas de un lago. Reacciona. Sube la escalinata casi corriendo, hasta la puerta de la rutina. Entra. Se vuelve a cerrar la puerta y en ese instante una feroz ráfaga de viento choca contra él. La cortina exterior le impide llevar a cabo su acción de cerrar y él sonríe. "Quieres que me quede, ¿verdad?" Sin poder bajar las comisuras de los labios se esfuerza por cerrar la pesada puerta y lo consigue.
Debe volver al trabajo.

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